Soledad, esperanza y liberación: Días, meses, años de Yan Lianke

09 mayo 2020 / By Manuel Esteban Pagès

Días, meses, años es pura lírica poética o poesía lírica pura.  Una narración que nos llega al alma y que mantiene al lector en una catarsis sostenida llena de angustia a lo largo de sus 114 páginas.  Su final liberador y lleno de realismo hacen de esta obra una de las mejores críticas al comunismo chino.  Escrita por Yan Lianke en 1997, por la que recibió el premio Lu Xun, Automática Editorial[1] la publica en español en 2019 en una buena edición y, sobretodo, una buena traducción de Belén Cuadra Mora[2].

 

A pesar de que podríamos contextualizar la historia narrativa en la corriente ecofilosófica a nivel global, acerca del cambio climático y con la finalidad de cuestionar el papel que tiene la mano del hombre en la naturaleza, Yan Lianke toma el escenario rural chino de los inicios de los 60 del siglo XX.  Unos momentos de la historia de la China moderna enmarcados en los tres años de desastres naturales.  Unos años en los que más de treinta millones de personas murieron de hambre.

 

En el web de Casa Asia Barcelona, y en motivo de la presentación de esta obra (9/10/19), se la describe como una parábola universal que entronca con la realidad y tradición chinas, creando un escenario mágico en el que la naturaleza se personifica al adquirir cualidades físicas como el peso, la consistencia o la comprensión humana por parte de los animales.

 

Cuando leemos la obra de Yan Lianke, quedamos estupefactos, se nos vacía el corazón -como dice el autor- cuando, a lo largo de la narración, los cinco sentidos practican una orgía y un olor se convierte en color, un ruido se disfraza de un gusto, una sensación física baila al ritmo de una composición musical… Momentos, todos ellos, que nos arrojan a la mitad de una meditación budista de escuela china del siglo VIII.

 

Su final liberador y lleno de realismo hacen de esta obra una de las mejores críticas al comunismo chino

 

Heredero del pensamiento literario y político de izquierdas de Lu Xun (1881-1936), Yan desmonta el lixiang -cualquier aspecto de la cultura tradicional china- contra el cual el mismo Lu criticó y atacó, consiguiendo, así, una reforma lingüística y literaria de la que Yan es ejemplo.  De esta manera, Días, meses, años se encuadra en el mitorrealismo que el mismo Yan inauguró.  Corriente literaria, ésta, que abandona cualquier relación lógica de la vida real para explicar historias de la China silenciosa.  Unos silencios que construyen una verdad contenedora in nuce de una verdad más grande e invisible.

 

Un septuagenario, un perro ciego y el brote de una planta de maíz son los tres personajes que deben sobrevivir en una aldea deshabitada en las montañas de Balou, en el Henan, mientras las ratas les hacen la vida imposible y los lobos se interponen al paso del viejo cuando va a buscar agua.  Superar estos impedimentos con paciencia y habilidad son la tónica general de la narración, siempre con la finalidad de salvar a la planta mientras la sequía lo destruye todo y el hambre se apodera de las escenas a lo largo de todo un otoño chino -nuestro verano en occidente.  Una planta cuya vida está por encima de la del perro y de la del viejo.

 

Un septuagenario, un perro ciego y el brote de una planta de maíz son los tres personajes que deben sobrevivir en una aldea deshabitada en las montañas de Balou, en el Henan

 

La pluma ágil y poética, la mirada subversiva y el espíritu inspirado de Yan Lianke hacen que el brote de maíz sea el protagonista principal de la novela, quien rige la acción del viejo y, la de este sobre la del perro.  Una acción que se vuelve más febril a medida que el brote crece, sin fuerza, faltado de qi, sin ganas, al ritmo lento del eco-pensamiento de Yan Lianke.  Un pensamiento y una lentitud que nuestro autor remite a la slow-violence, la violencia lenta que vemos cada día a través de la demolición de todo lo antiguo, a través de la censura, los tabús, la contaminación y la expansión de las enfermedades crónicas en todo el planeta.  Un planeta que, poco a poco, deja de ser un jardín.

 

Y es que si en la literatura de Yan Lianke hay algún jardín, este no es nunca vegetal.  Yan Lianke tiene la habilidad de dibujarnos jardines minerales donde la ausencia de cualquier crecimiento, la marca aplastante del silencio y la muerte conforman el cromatismo de su obra.

 

Un paisaje como background del pequeño gran mundo en donde Yan Lianke parece haber retrocedido en el tiempo para situarse en la época de la dinastía Tang (618-907) y transformarse en poeta.  Un poeta sin voz y con un solo ojo.  Un ojo físico que acerca al lector, como si de una cámara se tratara, a todo lo que describe.  Gracias a su ojo, vaciamos la mente y podemos sentir el ping dan, el estado en que el lector queda seducido por el contacto sensual entre lo humano y el mundo convertido en poema. Un ping dan que funciona como frontera entre el paisaje real y el invisible para conducirnos a la inmanencia del principio de la naturaleza, el Dao, sin suscitar fascinación alguna. Un ojo que nos acerca a un viejo que mantiene monólogos introspectivos, en los que su voz increpa a la naturaleza, mientras los diálogos que mantiene con el perro están tan vacíos de respuesta como los hoyos que un día contuvieron sus ojos.  Un perro ciego al que el viejo le hace de lazarillo.  Dos compañeros de viaje sometidos a la voluntad de la planta, mientras la hambruna dirige la orquestra de la narración.  Así, por un lado, el ping dan nos permite explorar una verdad no existente, invisible, ocultadora de otra verdad.  Por otro lado, el ojo ciego de Yan Lianke narrador nos impide entrar en la meditación y, aun menos, salir de ella estremecidos.  Y todo ello a través de silencios en donde resuenan las historias de los más humillados, desvalidos e insultados de la China rural de la época maoísta.  Las historias de los vivos sin voz.

 

La pluma mágica de Yan nos guiña el ojo constantemente.  A veces, parece que leamos Kafka.  Otras veces, Gabriel García Márquez, o Como agua para chocolate de Isabel Allende.  De vez en cuando, sus descripciones parecen pinturas-poemas budistas-taoistas de Wang Wei (699-761) en la época de los Tang.  Ecos de la voz de Confucio aparecen a través de los dictámenes de Mao.  Por encima de todo, el universo de Yan Lianke en esta obra viene representado por una alteración del mundo ordenado y jerárquico confuciano en el que el hombre queda supeditado a una planta que no hace la función que tendría que hacer.  Y ello en conjunción con el absurdo del budismo chino porque no hay posibilidad de salvación alguna, a pesar de haber una esperanza de reencarnación circunscrita entre el hombre y el perro.  Asimismo, también está la subversión del taoísmo de Zhuang Zi porque, a pesar del intento de naturalizar al humano, se niega el hacer sin hacer -wu wei- y el hacer de manera natural y espontánea -zi ran.

 

el universo de Yan Lianke en esta obra viene representado por una alteración del mundo ordenado y jerárquico confuciano

 

Estas subversiones por parte de Yan permiten que los personajes de la novela sean huérfanos socialmente, sin ninguna relación con sus semejantes, por lo cual quedan fuera de cualquier prosperidad y los convierte en traidores de la vida diaria y enemigos de la realidad.  Estos personajes no pueden tener confianza en la nada taoísta o budista ya que no les es posible encontrar el verdadero sentido de la felicidad en la vida.  Aun así, el viejo nos guiña el ojo cuando hace referencia a haber cruzado muchos ríos en su vida.  De esta manera, nos remite al Libro de los cambios, el Yi Jing, y nos da a entender que siempre ha sido un hombre recto y ha cumplido con el mandato del cielo, a pesar de que no le ha servido de mucho.

 

La novela presenta, también, una crítica acérrima y mordaz a la llamada de la propaganda maoísta.  Si Mao imponía el heroísmo romántico a través de la literatura socialista, Yan la ridiculiza convirtiendo la utopía en distopía, con descripciones que pasan por lo irracional, antilógico y grotesco.

 

La historia de nuestros personajes nos hace conscientes de la finitud de la vida.  Ninguno de ellos la acepta al agarrarse a la eternidad que presupone la utopía socialista a través de los silencios, sintomáticos de universalismo, que el lector tiene que resolver.  El viejo no puede morir porque tiene que cuidar al perro y a la planta.  El perro no puede morir que tiene que cuidar al hombre y a la planta.  Ninguno de los dos puede morir porque deben cuidar a la planta.  La planta no puede morir porque es el progreso, el futuro, tanto el inmediato como el de a medio y a largo plazo.  La planta, pues, nos pone de frente al concepto de capital y fetiche marxistas en la relación que se establece entre A -el hombre- y B -la mercancía.  Una relación que solo puede representar lo alienable puesto que B se transforma en el equivalente de A, justamente porque A se relaciona con B.  Así pues, el maíz es el fetiche que funciona como axis mundi de la novela.  Igualmente, la relación que se establece entre el viejo y el perro es una relación que se transforma en fetiche puesto que el perro es el equivalente al hombre.

 

Este desequilibrio identitario y, por lo tanto, patológico, es el que nos conduce al universalismo utópico socialista.  Una utopía que se basa en la ideología de ser todos iguales.  Y, en tanto que ideología, la utopía es sintomática.  Para Lacan, y siguiendo a Marx, en el síntoma se abre una fisura de la que surge el punto de ruptura de la idolología en el que la heterogeneidad se rompe.  O sea, si bien todos tenemos que ser iguales en el sentido de tener las mismas posibilidades (por ejemplo, el acceso al dinero), también lo tiene que ser por unas necesidades estructurales (por ejemplo, el campesino que va al mercado a vender su producción).  Así pues, radica en dichas necesidades estructurales que lo universal se rompa y aparezca el síntoma: el campesino se convierte en esclavo de su trabajo y, por lo tanto, ya no es igual a otros en lo referente a tener acceso al dinero.  Es a partir de esta clave interpretativa que podemos entender el histrionismo del viejo que niega cualquier vínculo con la tradición cultural china budista, taoísta y confuciana, al mismo tiempo que el hecho de seguir el socialismo maoísta se convierte en grotesco.  Desgraciadamente, al final de la novela descubrimos que el fetiche tampoco le ha sido liberador y, por lo tanto, la utopía socialista se convierte en una distopía asesina.  Distopía que, como el sueño, es la única cosa que les puede llenar el estómago.  Hasta matarlos.

 

Si Mao imponía el heroísmo romántico a través de la literatura socialista, Yan la ridiculiza convirtiendo la utopía en distopía, con descripciones que pasan por lo irracional, antilógico y grotesco.

 

Llegados a este punto, nos podemos plantear a qué responden los silencios constantes a lo largo de la novela.  Desde mi punto de vista, la clave interpretativa se encuentra en la mitad de la narración, al inicio del capítulo 6.  El viejo lanza una plegaria al Dios del Cielo -un dios que no sabemos si es el cristiano o cualquier otro, da igual.  Le ruega que le permita vivir, que le dé de comer, que pueda cumplir sus promesas para con sus conciudadanos.  No tan solo recibe el silencio por parte del Cielo, sino que el Cielo le manda aun más lacras.  Si nos remitimos al libro de Job, nos damos cuenta de que el viejo reproduce la vida del personaje bíblico.  Como Job, el viejo acepta todos los males provenientes de Dios, de la misma manera que acepta lo bueno.  Sin embargo, a diferencia de Job, nuestro viejo no litiga con Dios y, por lo tanto, no establece ningún diálogo.  Lo más triste de todo, pues, es que tampoco hay ningún Dios en el Cielo que se retracte y le devuelva la prosperidad.

 

El final liberador de la angustia que hemos sentido a lo largo de la lectura es el retorno al Uno.  Un Uno que, según la tradición china, lo engloba todo.  Es así como reza el primer aforismo del Dao De Jing:  la ausencia de nombre es el origen de todo.  Es decir, el silencio, la nada, el no tener idea, es el dao constante.  O, tal como dice Wittgenstein: de lo que no podemos hablar, hay que guardar silencio.

 

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Podéis leer más recensiones sobre esta obra en Cultura Más[3] y en RTVE Cultura[4].

Podéis adquirir el libro en la web de Automática Editorial[5].

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[1] https://www.automaticaeditorial.com

[2] https://www.belencuadra.com/sobre-mi

[3] https://www.culturamas.es/2019/10/02/dias-meses-anos-de-yan-lianke/

[4] https://www.rtve.es/noticias/20191205/yan-lianke-literatura-china-contemporanea-para-unir-vida-muerte/1993203.shtml

[5] https://www.automaticaeditorial.com/dias-meses-anos

Sobre la autora

Manuel Esteban Pagès

Manuel Esteban Pagès, filológo y especialista en varios temas humanistas sobre Asia Oriental por la UOC, Máster en Cultura y Literatura en Asia Oriental y Máster en Estudios de China y Japón: Mundo Contemporáneo, también en la UOC. Actualmente, doctorando en sociología en la UNED. Comparte su pasión por la docencia de idiomas y temas culturales con la escritura en su blog de crítica sociocultural Ruixat. La primera vez que estuvo en China fue en la década de los 90 cruzándola con su mochila. Desde entonces no ha dejado de amar su cultura, su territorio ni su nación.

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